Oferta de trabajo.

El otro día, al preguntarle a un amigo también periodista sobre por qué nos habíamos metido en una profesión tan chunga y con tan escasas perspectivas, me contestó: "Porque somos unos vagos". Efectivamente, mi ideal de vida desde casi niño era tocarme los cojones. Lo malo de la realidad es que tocarme, me los toco, pero a cambio soy pobre. Mi carrera profesional está basada en las ofertas que he rechazado para trabajar lo menos posible. En algunas ocasiones me han intentado fichar periódicos (trabajan hasta las tantas de la noche y los fines de semana) y se me erizaban los pelos de las nalgas. Qué difícil era rechazar esas ofertas. Pero soy fiel a mis principios y a la felicidad de la contemplación y extracción de pelusillas del ombligo. La balanza es lo que falla por tanto. Danuto, dibuja, eres mi última esperanza para realizar mi sueño: ser rentista. O ermitaño subvencionado por la Junta por preservar las viejas tradiciones de la sierra, lo que me permitiría además trabajar semidesnudo. En fin, que no sé por qué tiene tanto prestigio el sudor de la frente, cuánto daño ha hecho el cristianismo. Si tenéis alguna oferta de trabajo para mí... metéosla por el culo, amigos. Salvo que sea para "personalidades creativas", esto es, que gran parte del horario laboral pueda desarrollarla mi vida interior mientras la exterior está enfundada en un pijama. La palabra "emprender" es para mí sinónimo de "infierno" y "pesadilla". Eso sí, tengo unas excelentes ideas, sólo que son del tipo ideas para que las haga otro. "Alma de bedel", ese será el título de mi apasionante biografía, que podrá resumirse en un haiku.

Oxígeno.

Yo he perdido alguna vez la cabeza por algún señorito, no mucho, no del todo (esto sería imposible pues supondría que en algún momento la he tenido a plenas facultades, ¡ja!), pero lo suficiente como para alterarme. Sí, alterarme. Aunque os adelanto que no es mérito en ninguno de los casos de él o ellos, sino púramente mío, que habiendo nacido morena y prometedora me lo trabajo día a día para ostentar una cabeza de chorilito digna de la más rubia oxigenada.

Sobaos.

El sobao pasiego, sí, hombre. Un arma cojonuda y que deja menos huella que la proverbial bala de hielo. Se usa mucho en el mundillo inmobiliario para desalojar sin pistas a la inquilina que se aferra, octogenaria e hijaputa, a una renta antigua. O para agilizar testamentarías cuando la tía-abuela titular del casoplón no se muere ni a tiro limpio. En estos casos el arma en realidad es una combinación de dos elementos: el sobao en cuestión, de unos 350 gramos, y, muy importante, un vaso de agua. Se procede de la siguiente manera:

1. Trásladese en brazos a la anciana recalcitrante hasta la mesa camilla donde merienda regularmente.

2. Deposítese encima de la mesa el sobao pasiego y un vaso de agua.

3. En cuanto la anciana se introduzca en la boca el primer bocado de sobao pasiego, retíresele el vaso de agua.

Mano de santo.

Contabilidad.

La proporción clásica de la venganza por cuernos exige tres infidelidades por la recibida: venganza (vendettum), satisfacción (satisfitum) y propina (excedetum). Eso siempre que sean ligues propios. Si el rencor apremia y se opta por el pago, ya sea en su versión ruber lux o en la annuntium diaria palabrae, la proporción clásica exige siete (septima putae). Cada ligue propio equivale por tanto a 2'3 de los pagados. El problema, y así lo señala Calostro en su tratado, surge cuando se combinan. Por ejemplo, dos propias y dos pagadas no llegan, falta algo menos de 0'2, pero dos propias y tres pagadas se pasan casi en 0'5. Calostro indica que en esos casos los mejor es dos propias, dos pagadas y un polvo con la legítima gritando el nombre de otra a propósito (aullidum bastardum). En el otro caso se produce excedente y se legitima la venganza de ella, que al no llegar a la unidad puede consumarse con un dedo del vecino (al ladum digitae) o un magreo de tetas con chupetón pezonil de cualquier compañero de trabajo (boobum repasae).

Por eso la venganza no está hecha para los de letras.

Tabaquismo y obesidad.

Eso son los síntomas, lo que quizá atenaza su alma es la soledad, la íntima convicción de que la soltería está dejando de ser algo circunstancial y de que a este paso envejecerá y morirá solo, dejando atrás una vida carente de sentido, como si fuera una cáscara vacía. Siempre trabajando, madrugando, y enfrentando los pequeños sinsabores y amarguras de la vida, día tras día. Y todo al final para nada. Necesita recuperar la esperanza en que podrá encontrar el amor, una complicidad profunda y a la vez cotidiana. Convencerse de que él tiene tanto derecho como cualquiera a alcanzar esa felicidad y de que finalmente conseguirá una esposa sana, rolliza y de anchas caderas para que le dé buenos hijos. Esa es la clave. Otra cosa es que luego finalmente la encuentre. Pero bueno, mientras tanto andar fuerte también le ayudará. Que se compre un pulsómetro a ver.

Recalentados.

Es que los yonquis de familia bien son un primor, Laurentiis. Reúnen todas las ventajas de los yonquis genéricos (sigilo, sosiego, imperturbabilidad) sin ninguno de los inconvenientes (sordidez, mangutismo, piorrea, you name it). A comienzos de los noventa compartí unos meses piso en la calle Almirante con una pareja de la especie. ¡Irte a vivir con una pareja, tú estás loco!, advertía el topicazo. Lo que muchos ignoraban es que era una pareja, sí. Pero de yonquis. Ricos. Y una pareja de yonquis de pastuza es el compañero de piso IDEAL. La música siempre bajita, las luces siempre en penumbra, porque toda estridencia les molesta, perpetuamente encastañados en su cuarto a puerta cerrada, nada de fritangas ni guisoteos ni zigurats de platos sucios en la pila, que con sus kefires y zumitos pijos se apañaban la mar de bien, y las cuentas siempre al día (de hecho una de las muescas más bochornosas de mi ridículum vitae es haber sisado pasta a yonquis). 

El único recelo era ese otro tópico de que el charco que se rodea todos los días lo acabas pisando, y que terminarían arrastrádome a sus visios luciferinos. Así como las pibas que viven juntas sincronizan sus reglazos, basta cohabitar con un jeronómano para terminar tostando Albal como el que más. Y héte aquí que al volver una madrugada me encuentro en la almohada un post-it un tanto inesperado: 'Te hemos dejado chino en la cocina, por si quieres'. Ya estamos, pensé. Empieza la tentación, qué liantes hijosdeputa. Pero fui y encima de la panera había dos tarteritas de cartón take-away de pollo con almendras y wan tung frito. Casi intactas. Qué mal me sentí por retorcido y malpensado. Buenos compis, ya digo.

Argamasa ambrósica.

Pero soy gordo de corazón, Laura, y eso es lo importante. Acabo de desayunar lo que llamo Argamasa Ambrósica, que es una cosa similar a lo que menciona Tejemaneje, pero con la peculiaridad de que lo saturo de magdalenas y galletas hasta que pongo el tazón bocabajo y no se cae la mezcla. Y de postre —sí, porque los desayunos también merecen un postre— cuatro donuts bombón que he pillado al bajar a por el pan. Esto de los donuts me recuerda una prueba de la gordaquería asquerosa de mi alma, así que huid, insensatos, pues ahora viene una anécdota de tipo Dan:

No sé si seguirán vendiendo en pack, pero hace tiempo tenían en los Dunkin' Donuts unas cajas en las que venían seis o doce donuts. Un colega y yo aprovechamos esta feliz circunstancia para hacer una apuesta: a ver si éramos capaces de comernos una de esas cajas de doce cada uno. Y hacia allá fuimos. Sí, lo sé, los donuts del dunkin no tienen ni punto de comparación con los que fabrica la empresa de don Panificio Rivera Costafreda pero, qué queréis, aquí la cosa era llenar el buche. Además, no cabe duda que toda la variedad de donuts de colores que tienen es una cosa bonita de ver, hasta el punto que ante una bandeja de estas cosas y un par de tetas... bueno, me lanzaría a por las dos cosas porque quedarse sólo con una es cosa de maricones del culo, pero tendría serías dudas sobre a qué arrojarme primero. Bien. El caso es que pagamos las cajas y nos pusimos a ello. Cuando acabé con mis doce, vi que el mariconazo de mi amigo sólo había podido con nueve. ¡Pero cómo! Qué asco sentí, qué vergüenza de su persona. Con una mirada reprobatoria y con dos cojones me comí los tres que le sobraron. De vuelta, y mientras le iba tronando por su fracaso, ebrio (o quizá empachado) de victoria compré un gofre de los que venden en la estación de Sol, y me lo comí. Con chocolate y nata. Cuando llegamos al barrio, mi amigo, compungido y humillado, quiso recuperar su honor. Que si hay huevos a comerse una pizza. Joder, que si hay, repliqué. Para comer la pizza y hasta la chica del mostrador. Total: media pizzarraca (familiar) cada uno.

Cagarlo al día siguiente podría decirse que cambió mi vida. Algo épico. Aquello no tenía fin. Era como si estuviera expeliendo por el culo a Jörmungandr, la Serpiente del Mundo, o a mi propio rabo. Salía y salía un troncho continuo, que serpenteaba cañerías abajo, des mis entrañas a las entrañas de la ciudad. Hasta que al fin paró, al tocar algo. Y tuve una revelación: lo que tocaba era la cabeza del truño de mi colega, que estaba giñando a la vez y soltando desde su casa su propia buena maderada. Mierda con mierda bajo tierra. Como una comunión fecal. Me pareció que esto de tener los anos en contacto aunque sea por transmisión mojónica era una cosa algo gay, así que desde entonces huyo de mi sexualidad y del mundo y me escondo aquí, en un foro de internet. Si lográis contactar conmigo quizá podáis contratarme. Aunque sea para acabar con todas vuestras sobras, que en estos tiempo da penica tirar la comida.

La lírica.

ACDC, Motörhead y Status Quo son el trípode en el que reposa la Civilización Occidental, Sex Pistols los cojones que de él cuelgan y Ramones su aliento vital. Sigur Ros, en este altar, serían la alegoría del derecho a la Libertad de Expresión. Camilo Sesto tomaría la forma de un palomo (tal vez cojo) que revolotearía alrededor de Los Huevos del alegórico trípode.